¿Quién cojones va a Zumba un domingo por la mañana?


—Cuéntame un poco sobre ti, ¿qué te trae aquí… hoy lunes… a las dos de la tarde? —traté de preguntárselo sin que el rencor tiñese mi voz, ya que yo mismo había dejado ese hueco abierto en Calendly.

—Me resonó algo que leí; fue muy temprano en la mañana, estaba medio dormida, es decir, que recuerdo la mitad —dijo, sin darme muchas pistas.

—Hm —murmuré—, aunque también puede que lo hicieran mis tripas, centrifugando el vaso de gazpacho y los espaguetis con pesto que engullí unos minutos antes.

—Creo que decías algo como de creativos… de filósofos… de cómo… de cómo sostener esa parte de nuestra identidad y vender por ads a la vez, ¿no? —continuó ella.

—Correcto —se iluminaron mis ojos a través del Google Meet.

Espera, espera, espera, rebobinemos…

El día anterior amanecí temprano. Madrugón del que solo recuerdo una alarma a eso de las 9:30. ¿El motivo? Acercar a una amiga a su clase de Zumba en el centro.

Cosa que dice mucho sobre mí, sí. Pero más aún de mi amiga: ¿quién cojones va a Zumba un domingo por la mañana?

El caso es que, una vez cumplida la misión, la fisiología me sugirió la siguiente: acallar el síndrome de abstinencia que empezaba a formarse entre mis sienes por no haberme tomado un café desde que salimos de casa.

Por suerte, por Ríos Rosas también fluyen los ríos de cafeína. Y allí estábamos mi… ¿Flat White?... y yo, en modo disfrutón domingón, mirando a todas partes y a ninguna; dando sorbitos (tan cortos como mi masculinidad me permitiese) para alargar ese instante.

Instante en el que los posos del café me susurraron algo...

…de una forma sutil y nada romántica, a través de un mensaje que llegó a mi correo:

Nuevo evento: Ms. F. - 14:00 lun, 29 de jun de 2026 - Sesión Preliminar con Brandloops

Qué raro, pensé…

Suelo tener muy localizadas a las personas que reservan una llamada para que hablemos de buzinezz…

Te mentiría si te dijera que no me sorprendió. Le di un par de vueltas a aquello. Tantas como duró el microsegundo en el que tiré el móvil y me abalancé sobre el sándwich de huevo revuelto, queso y jamón que apareció en mi mesa.

Desconozco la opinión que granjearía entre los gurús zen de la meditación este extraño método, pero aquello (y no ninguna “respiración 4-7-8”) fue lo que me devolvió a un plácido estado de hiperpresencia cafetómana.

Dicho esto: ahora sí, retomemos lo que pasó el lunes…

Fue tan solo al terminar la llamada, con el gazpacho dando vueltas todavía, cuando pude entenderlo todo:

Ms. F. estaba allí porque había visto el ÚNICO anuncio que tengo en circulación para promocionar esta nuestra querida newsletter.

Anuncio que, por muy cliché que suene a estas alturas, trabaja para mí 24/7. Sin madrugar. Sin dormir. Cobrando 5€ al día y riéndose de mi dependencia al café.

El tema es que Ms. F. me contó que tiene un negocio (muy) interesante en el que ayuda a mujeres a emprender. Y sabe lo que hace: en los primeros minutos entendí que tenía mapeado a la perfección el recorrido de sus clientas hasta su acompañamiento 1 a 1 y cómo encajaban las piezas.

Lo que quizá no se esperaba es que le dijera lo siguiente:

(Esto sale de la transcripción, no me invento nada):

—En mi experiencia, no necesitamos tantos anuncios como dice la sabiduría popular esta de Andrómeda y del algoritmo… que si 25 variaciones y un hook y no sé qué.

—Ya… —dijo Ms. F.

—El único anuncio que tengo en marcha… y sé que esto parece de coña, pero eres la mejor persona a la que decirle esto… porque si hoy estamos aquí es porque lo has visto… ese anuncio tiene 5€ al día y lleva circulando casi dos meses. Ya está. Nada más.

Vi cómo se le iluminaban los ojos al otro lado de la pantalla. Fue un brillo primo-hermano del que tuve yo al principio de la llamada. Y todo porque la vieja creencia que rondaba por su cabeza se acababa de desplomar, pero yo no se la había discutido.

Me remito a los grandes: la publicidad rara vez “crea” una creencia desde cero, pero puede extender un tablón que reorienta las que ya estaban ahí.

Piensa en la mente de tu cliente como un puente en construcción. Quien inicia su andadura lo hace con los pasos de un ciervo recién nacido. Cada nuevo tablón que pisa se apoya en las creencias previas que ya ha aceptado. Y quien lo atraviesa por completo acaba en posición de beneficiarse de ese conocimiento y ayuda que eres capaz de prestar.

Por lo que si hubiese diez de esos tablones…

¿Cómo podrías diseñar la experiencia capaz de colocar el siguiente tablón bajo sus pies, reorientando así su creencia actual hacia la que demanda ese “siguiente” nivel?

Pasas de convencer a diseñar la experiencia que convence por sí sola.

Esa vivencia vuelve plausible una redefinición de su realidad. Que Ms. F. se “probara” la experiencia (como si fuese una blusa de Laagam) de que un chalao que se hace llamar el “filósofo del ROAS” le diga que solo tiene un anuncio de 5€ en marcha, y que sea ese mismo anuncio el que la ha sentado en la llamada… hace que de repente todo el mito de las 25 variaciones deje de cobrar sentido.

—Vale, David, esto está muy bien… ¿pero cómo es posible que bastara una sola impresión de tu anuncio para que, incluso sin haberse suscrito a la newsletter, reservara una llamada contigo?

Buena pregunta.

Ten en cuenta que Ms. F. ya venía con los deberes (y los tablones) hechos de casa:

  • Llevaba años emprendiendo en su nicho.
  • Tenía varios mentores previos a sus espaldas.
  • Compartía la convicción de que el criterio de un ojo externo funciona muy bien para superar ciertos bloqueos.
  • Tenía la certeza de que el movimiento produce información (me dijo, casi con estas palabras, que prefería avanzar y corregir por el camino antes que quedarse paralizada con un plan “perfecto”).
  • Y un largo etcétera.

Tu mercado y tus competidores llevan años reforzando una serie de creencias que tu cliente ideal YA tiene.

Por eso la oportunidad más clara está en que diseñes la experiencia que habilita el único paso lógico: que seas tú el que coloca y firma el último tablón que permite esa nueva creencia.

Algunos tendrán el tercero y el séptimo.

Otros el segundo, el tercero y el octavo.

Pero el décimo tablón, el que pone fin al puente, tan solo lo firmas tú.

Y para ello es tan sencillo como recordar que no me hace falta darle ningún argumento racional. No hace falta patalear frente a un ornitólogo (que solo ha visto cisnes blancos en su vida) jurando y perjurando que existen los cisnes negros.

Lo único que tienes que hacer es coger al cisne negro del cuello y plantárselo delante.

Con amor,
David


P.D. Ese cisne negro lleva en activo (casi) dos meses, invirtiendo sus ±5€ al día religiosamente (van un total de 331,19€ en este tiempo).

Si estabas por aquí, recordarás que lo destripé en las ediciones #6 y #7. Te dejo los enlaces directos a la página de publicación para que lo veas con tus propios ojos:

→ Edición #6: “Mi anuncio mínimo viable es este (cópialo)”​

→ Edición #7: “¿Sabes ese vecino que mueve los muebles de madrugada?”​

(BONUS: en la #7 te envié un Loom de 17:36 minutos explicando EXACTAMENTE cómo monté el anuncio y por qué sabía que funcionaría).

P.P.D. Con Ms. F. fue una feliz casualidad; los nueve tablones ya estaban puestos y yo solo firmé el décimo. Pero con mi querido Juanjo (@juanjosmc) estamos levantando esa arquitectura de creencias de manera premeditada: pueblos, carreteras y un peaje. Cómo lo hacemos es algo que quizá te cuente la semana que viene.

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