Hecho, humano y hútil


De todos los trajes que tengo, el de hereje es el que mejor me sienta.

Por eso, mientras poso y saltan los flashes, me oirás decirte, para terror de ese público que vive en los tiempos del “pensamiento positivo primero”, de la obsesión por manifestar (mucho antes que por manifestarse) y de los ejercicios de visualización que parecen películas mentales de serie B, que pienses en cómo puedes destruir tu negocio o tu idea.

No estás delirando: te estoy preguntando cómo podrías hacerlo PEOR.

No solo eso. También quiero que, si estás en una mala racha, te plantees cómo perpetuarla hasta tu más absoluta autodestrucción.

—¿Pero qué cojones dice este tipo? —se le escapa por lo bajito a uno de los fotógrafos del principio.

Soy consciente de que suena raro, pero hablo de una técnica psicológica que llevo empleando desde que tengo uso de razón (gracias, supongo, a mi obsesión por hacer las cosas de forma diferente, al margen de cómo deberían hacerse y yendo en dirección contraria al mundo hasta encontrar la que es mi manera).

Un terreno en el que hoy no entraremos demasiado y del que tendría más que decir mi psicóloga que mi bolígrafo.

En fin.

Al margen de mi historial clínico, lo que esto significa para ti es que, cuando estás en un momento en el que la parálisis por análisis y la persecución de un perfeccionismo maniqueo te inundan…

(...o al contrario, cuando todo va tan bien que el único pensamiento lógico es pensar en cómo hacer que vaya aún mejor…)

…esta técnica te puede ayudar a desbloquear ese siguiente paso.

Un paso que ningún método de pensamiento positivo te va a dar jamás.

Lo digo porque esta misma semana he aplicado esta técnica en dos escenarios radicalmente distintos. Uno para cada uno de los dos momentos que te acabo de presentar…

El primero va de algo que demasiados emprendedores conocemos bien: usar el dolor como gasolina (y llevar años haciéndolo). Ese motor funciona de maravilla mientras el dolor aprieta, pero se apaga en cuanto queda lejos. Así que acabamos esperando a tocar fondo para volver a arrancar.

Aquí entra la técnica de la inversión a nivel psicológico: tocar fondo en la cabeza para no tener que tocarlo en la vida.

Es un trabajo muy personal, y gracias a él somos capaces de visualizar adónde nos lleva una mala racha perpetuada en el tiempo.

Esta técnica la usamos para pintar el fracaso: ponerle cara y ojos, visualizarlo, sentirlo, personificarlo como si estuviese sentado a nuestro lado. De esta forma entendemos que nuestras expectativas y nuestros objetivos ideales son tan abstractos que cualquier acción hacia ellos sin esta técnica de contraste (sin “darle la vuelta a las cosas”, aunque parezca contraintuitivo) nos aleja de alcanzarlos más de lo que nos acerca a hacerlos nuestros.

Y eso ocurre porque nuestra voluntad de mejorar el negocio, de tener éxito, de facturar cierta cantidad de dinero y de que las cosas nos vayan muy bien es muy abstracta.

Al contrario, el fracaso es electrizantemente concreto.

Y nuestro cerebro primitivo, acostumbrado a encontrar amenazas cuando ve moverse algo entre la maleza de la selva, decide hacer específico y tangible aquello que de verdad nos pone en la pista para resolver la situación y salir del atolladero.

El segundo caso es fascinante porque esta herramienta nos ayuda por una vía muy distinta…

Es un negocio que va camino de facturar más de 100.000 € al mes. Sus dueños son dos de los mejores emprendedores jóvenes que he conocido en mi vida.

Parece de coña, pero mi labor, en parte, está siendo la del que se viste de negro para dar malas noticias: llego a las reuniones como si fuese Roberto Brasero para anunciar que va a llover, que va a haber tormenta y que la semana que viene todo puede ser un desastre.

Asumo ese rol precisamente porque les va tan bien que necesitamos anticipar dónde se van a romper las cosas.

(Bonus points si lo logramos antes de que ocurra.)

Porque aunque tengamos una serie de métricas y KPIs que nos digan qué podemos esperar, hablar en términos de “escalar el negocio”, “aumentar la inversión publicitaria” o “crear más contenido” sigue siendo abstracto.

Lo que no es abstracto es que tu equipo comercial no pueda coger más de ocho llamadas en un día por cabeza.

O el número exacto de comerciales que tienes en plantilla.

Tampoco cómo, a este ritmo, podríamos saturar por completo la entrega del servicio…

Cualquiera de estas cosas es tan tangible que nos permite construir desde una base mucho más sólida.

Déjame ponerle el lacito desde la perspectiva psicológica: a esto se le llama retrospectiva prospectiva y permite hacer un análisis post-mortem por adelantado. Es decir, plantarte dentro de un año y dar por hecho que el proyecto (o tu momento vital) ha sido un desastre. Es desde ahí desde donde nos podemos hacer la siguiente pregunta:

¿Qué ha pasado?

Los muy cafeteros estarán leyendo entre líneas y verán que esto, desde el lado de los negocios, no es nada más que la teoría de las limitaciones (la manguera doblada, para mí), de Eliyahu Goldratt, descrita en su archiconocido libro La Meta (The Goal).

De nuevo, parece absurdo que nos planteemos cómo hacerlo peor frente a la doctrina del yes you can. Pero ante estas situaciones, deberíamos abrazar el pesimismo para blindar nuestro progreso.

Si quieres hacerlo más operativo aún (y para que no creas que lo único que traigo hoy es un fatalismo absoluto; prefiero llamarlo “optimismo pragmático”), te dejo un truco:

Si te identificas con el primer momento (las cosas no van bien), recuerda lo que dice Jeff Bezos: el estrés viene de no tomar acción sobre algo en lo que tenemos cierto margen de maniobra. Pregúntate cómo puedes hacerlo peor. Cómo puedes hacerlo mal. Cómo puedes hacerlo imperfecto. Y qué pinta tiene esa peor versión tuya en el espejo si perpetúas la inercia. Usa esa imagen horrible para correr en la dirección contraria.

De la misma forma, si las cosas van tan bien que lo lógico sería apretar el acelerador a fondo: párate unos segundos. Plantéate dónde te vas a romper si sigues con esa dinámica. Pásate al lado de la teoría de las limitaciones, haz tu propio análisis pre-mortem del día de tu fracaso, y anticípate a aquello que, gracias a este ejercicio, ya no será un problema cuando llegue el momento.

A riesgo de romper con mi cultivada figura de misterioso y caer en el oversharing, te pongo un ejemplo personal con esta misma newsletter: si yo quisiera destruirla y hacerlo peor, me centraría en escribir solo cuando estoy inspirado.

Eso significa hacerlo solo cuando la musa viene a verme. Sin ningún tipo de calendario. Queriendo que cada una de estas ediciones revolucione tu forma de ver el mundo y esperando que aplaudas cada una de las frases que lleva dentro.

Por ello, y para no quedarme en la complacencia, construyo desde el escenario fatalista. Establezco una serie de reglas que ves con claridad cristalina cuando te das cuenta de que esa aspiración al perfeccionismo se debe invertir.

La regla pasa a ser: sentarme a escribir precisamente porque NO estoy inspirado.

Escribir imperfecto para que puedas apreciar cómo evoluciona mi pensamiento en tiempo real. Ser muy consciente de que el hecho de comprometerme a enviarte una idea cada domingo es, antes que nada (y aunque pueda parecer egoísta), un ejercicio de protección cognitiva frente al declive de la mollera en plena era del AI slop.

Y asumir que lo que esto produzca en ti está fuera de mi control y que no tengo que guiarme por el estándar de la literatura clásica si un domingo te estoy hablando de cómo hacer que tu negocio vaya mejor.

Vamos con la receta, que va tocando:

Convierte cada uno de los escenarios negativos que has listado (esas cosas que has visto que podrían salir mal) en una regla para ir en la dirección contraria.

Y solo a partir de ahí empiezas a construir desde el positivismo. Empiezas a visualizar. Empiezas a manifestar. Le das caña a las pajas cuánticas o al transurfing.

El orden, entonces:

Primero, hecho.
Luego, humano.
Y por último, hútil.

Todo ello para escapar del perfeccionismo.

Con amor,
David


P.D. Esta edición iba a hablar de mi plan maestro para conquistar Instagram (@davidgutierrez.lab) gracias a activar el modo “vendehumos ético” vía Reels, pero Zuck ha decidido banearme la cuenta hasta nuevo aviso.

Sé que es cuestión de tiempo que la recupere (y si no, me montaré otra y listo).

P.P.D. En realidad, no es un baneo al uso. El motivo es que, como tengo acceso y gestiono decenas de cuentas con cientos de miles de seguidores en total, Meta mira con lupa cualquier acción que le parezca sospechosa. Supongo que al tener concedido el modo de “Protección Avanzada” por parte del programa de agencias de Meta, no le tuvo que hacer mucha gracia que un viernes por la noche me cambiase el nombre del perfil de “David Gutiérrez” a “David Gutiérrez · Marketing y Meta Ads” y pasase de esta biografía:

comerciante con dotes para la filosofía
lo que buscas está aquí abajo 👇

A esta otra:

Director de marketing a ratos para negocios que venden por Instagram
+1M€ en anuncios • ex-Clarins • profe en UCJC
DM “FMA”: tus Reels trabajando 24/7

P.P.P.D. Tengo muchas ganas de contarte la estrategia detrás de estos cambios, pero de momento toca ser pacientes. Tengo trazado un plan muy específico que pienso (1) documentar para cuando tenga nietos y me pregunten qué era eso de ser influencer, y (2) compartirte para demostrar lo ridículamente pequeña que tiene que ser una audiencia en Instagram cuando sabes lo que haces (y lo que significa eso para tu negocio).

P.P.P.P.D. Si no notas la absoluta ironía detrás de lo de “ser influencer”, o llevas muy poquito tiempo leyéndome (en cuyo caso, estás perdonado) o deberías darle al botón de “Cancela tu suscripción” que hay aquí abajo.

P.P.P.P.P.D. Al margen de la coña, según mis cálculos, no necesitas más de 3.000 seguidores cualificados para levantar un negocio brutal en Instagram (sin necesidad de venderle el alma al algoritmo). Y no se necesitan más de dos meses para conseguirlo. También es cierto que puede que mis cálculos estén basados en estudios de la universidad de Misco, pero tranquilo: lo iremos viendo en vivo y en directo.

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