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Cuando las cosas se ponen jodidas, me gusta pensar en Milón de Crotona. Me lo imagino consumido por el deseo de ponerse fuerte desde bien chiquitito (ha llovido un poco desde que este señor pobló la tierra; nada más y nada menos que desde el siglo VI a.C., para ser exactos). Entiendo que el ideal atlético de los griegos guiaba tanto al cincel que trabajaba el mármol, como a la voluntad de ciertos chavales de convertirse ellos mismos en esculturas andantes. Supongo también que, como en su barrio no había ningún Basic-Fit, tuvo que darle al coco… ¿...utilizó una push/pull/legs? ¿...siguió una fullbody con frecuencia dos? ¿...se hizo el curso de biomecánica de la ENFAF? No. El tío hizo algo mucho más simple: cargar un ternero sobre sus hombros todos los días. Lo siguiente puedes imaginártelo: Lo que empezó siendo un ternero, se convirtió en un toro… …y lo que empezó siendo un enclenque Milón, se convirtió en el atleta más fuerte de su época. (Alzándose seis veces ganador de los Juegos Olímpicos en la disciplina de lucha libre). Pero entonces… ¿Qué tienen que ver las coronas de laurel con que las cosas se pongan jodidas? Digamos que, de la misma manera que el ternero se convirtió en toro, el tamaño de los retos que soportamos acaba por invertir nuestra biología: allí donde antes huíamos del dolor, terminamos buscándolo. Esas tierras de dolor voluntario tienen habitantes que comparten un idioma que solo se deletrea bajo presión. Allí, lo que tú llamas tu peor día, para ellos es un martes cualquiera. Por eso, como Milón, deberíamos celebrar los días en los que cargamos a nuestras espaldas con la presión que nosotros mismos hemos elegido. Porque, a diferencia de los bíceps, hay una certeza en el crecimiento que el espejo rara vez confirma. |
Brandloops
Basta con que mi ansioso dedo corazón pulse la tecla más gorda del portátil para que la pantalla cobre vida propia. Basta con que pasen cuarenta y siete minutos (y unos dieciocho segundos) para que, después de pasear por el mismo parque de siempre, me reciba un monitor retroiluminado tatuando en la pared del salón la confirmación de que el trabajo ya está hecho. Es raro. Mi IA de confianza acaba de editar la primera versión del que será mi próximo vídeo de YouTube. Y lo ha hecho casi sin...
De todos los trajes que tengo, el de hereje es el que mejor me sienta. Por eso, mientras poso y saltan los flashes, me oirás decirte, para terror de ese público que vive en los tiempos del “pensamiento positivo primero”, de la obsesión por manifestar (mucho antes que por manifestarse) y de los ejercicios de visualización que parecen películas mentales de serie B, que pienses en cómo puedes destruir tu negocio o tu idea. No estás delirando: te estoy preguntando cómo podrías hacerlo PEOR. No...
—A ver… pruébate esta camisa —me dijo mientras rebuscaba entre las perchas. —Creo que me queda un poco larga —contesté nada más salir del probador. —Si quieres, te la corto —soltó, sin pensar demasiado. Hubo un silencio. Breve. Interesante. Ambos nos dimos cuenta al mismo tiempo de hacia dónde apuntaban las tijeras en ese contexto. —¡Uy! Qué mal ha sonado eso —añadió estallando en risas. —Sí, la verdad es que preferiría salir de la tienda con ella puesta —respondí, inclinando la cabeza en un...