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Basta con que mi ansioso dedo corazón pulse la tecla más gorda del portátil para que la pantalla cobre vida propia. Basta con que pasen cuarenta y siete minutos (y unos dieciocho segundos) para que, después de pasear por el mismo parque de siempre, me reciba un monitor retroiluminado tatuando en la pared del salón la confirmación de que el trabajo ya está hecho. Es raro. Mi IA de confianza acaba de editar la primera versión del que será mi próximo vídeo de YouTube. Y lo ha hecho casi sin fallos. Esta vez es tan bueno que, en vez de tardar unas cuarenta horas en montarlo como solía hacer, voy a emplear menos de cinco. También me parece raro que el martes transfiriera 25 dólares a una plataforma china para recargar 250 créditos y que, gastando una ridícula fracción de ellos, obtuviera treinta y dos anuncios de imagen que sé, a ciencia cierta, que van a generar entre 3,5 € y 4,5 € por cada euro invertido. (Esto, por cierto, finiquitado en unos doce minutos. A la primera y como si los hubiese hecho un diseñador gráfico de élite.) Nada nuevo hasta aquí. La diferencia en esta ocasión es que, a la propia fascinación que me produce el avance de la tecnología, se le suma un regustillo amargo que eclipsa el logro. Si es cierto aquello de que las herramientas nos moldean con su uso tanto como nosotros a ellas, me siento cincelado por un tipo de desencantamiento que responde, paradójicamente, a haberme vuelto demasiado competente: me he convertido en un excelente formulador de hechizos para el mago que vive a base de tokens. Lo que no tengo tan claro todavía es si, para asistir al espectáculo, necesitas pagar la entrada con una constante recalibración de lo que hasta ahora considerabas que era tu verdadero trabajo. Permíteme una pequeña nota autobiográfica… Debía tener trece o catorce años cuando escribí en Google por primera vez “cómo ganar dinero online”. A aquello le siguieron horas y horas de foros, blogs, páginas extrañas y algún que otro intento de estafa (hacia mí, claro). Supongo que, como para muchos chavales, esa búsqueda (junto a la de “cómo tener abdominales”) plantó la semilla de lo que hoy somos como generación. Diría que fue rápido: en menos de dos años empecé a ganar dinero con uno de mis blogs. Los abdominales tardaron un poco más, pero llegué a estar en lo alto de Google cuando alguien buscaba “mejor esterilla de yoga”. Resulta que cada vez que alguien compraba una después de leer mi guía definitiva (usando uno de mis enlaces), Amazon me premiaba con un jugoso 10% de comisión. Todavía tengo pesadillas con los chakras, la postura Balasana, con el Bikram Yoga o la diferencia entre las superficies de PVC, las fibras naturales o el jodido TPE. Para mí eso era chino, pero dediqué horas a estudiar cómo escribir mejores artículos sobre cada uno de esos temas. Y, como puedes imaginar, no existía ChatGPT para hacer copia y pega. Recuerdo también mi primera tienda de dropshipping. Cómo aprendí a hacer fotos de producto “profesionales” usando un folio en blanco como fondo, un ventanal con mucha luz y un Huawei P9 Lite que le compré a un colega por 10 pavos (funda de unos zombies to’ guapos incluida). O aquella otra ocasión, con otra tienda, en la que me freí los sesos hasta dar con la manera de grabar un TikTok “viral” (cosa que después de mucho aprendizaje, por supuesto, logré). Más de 3,3 millones de reproducciones después y un comentario del Community Manager del Burger King di el reto por finalizado. (Esta historia te la cuento otro día). Quizás es nostalgia, o quizá es que soy negacionista del cambio de hora. Pero, como ocurre con toda nueva tecnología, lo que hay de trasfondo es un gran cambio de identidad, y no tanto un cambio de capacidades (más allá del volumen y la velocidad con la que ahora puedes ejecutar). Quién sabe. A lo mejor también es cierto que cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia. Lo que me queda por preguntar aquí es materia de identidad: ¿Quién es el mago…? ¿...el que se corta a sí mismo por la mitad y a todo lo que sabía para que siga el espectáculo? ¿...o el que, a base de tokens, te hizo olvidar que en el fondo, no eras más que un humano? Con amor, P.D. El vídeo del que hablo al principio es este: → Cómo ESCALAR en Meta Ads de 5 € a 1.000 € al día (casos reales) P.P.D. Al margen de la edición en cinco horas o en cuarenta, si tienes un negocio online, es muy buena idea que lo veas. Van años de sangre, sudor y lágrimas comprimidos en menos de 24 minutos de vídeo. |
Brandloops
De todos los trajes que tengo, el de hereje es el que mejor me sienta. Por eso, mientras poso y saltan los flashes, me oirás decirte, para terror de ese público que vive en los tiempos del “pensamiento positivo primero”, de la obsesión por manifestar (mucho antes que por manifestarse) y de los ejercicios de visualización que parecen películas mentales de serie B, que pienses en cómo puedes destruir tu negocio o tu idea. No estás delirando: te estoy preguntando cómo podrías hacerlo PEOR. No...
Cuando las cosas se ponen jodidas, me gusta pensar en Milón de Crotona. Me lo imagino consumido por el deseo de ponerse fuerte desde bien chiquitito (ha llovido un poco desde que este señor pobló la tierra; nada más y nada menos que desde el siglo VI a.C., para ser exactos). Entiendo que el ideal atlético de los griegos guiaba tanto al cincel que trabajaba el mármol, como a la voluntad de ciertos chavales de convertirse ellos mismos en esculturas andantes. Supongo también que, como en su...
—A ver… pruébate esta camisa —me dijo mientras rebuscaba entre las perchas. —Creo que me queda un poco larga —contesté nada más salir del probador. —Si quieres, te la corto —soltó, sin pensar demasiado. Hubo un silencio. Breve. Interesante. Ambos nos dimos cuenta al mismo tiempo de hacia dónde apuntaban las tijeras en ese contexto. —¡Uy! Qué mal ha sonado eso —añadió estallando en risas. —Sí, la verdad es que preferiría salir de la tienda con ella puesta —respondí, inclinando la cabeza en un...