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Ese vecino soy yo. Y todo porque un par de semanas atrás, aprovechando el festivo del Día del Trabajador, estuvimos hasta las tres de la mañana moviendo cada mueble, cada cuadro y cada átomo del salón de mi casa. Buscando el plano “perfecto” como quien persigue a una nueva amante. Lo bueno es que entre medias, para celebrar el rotundo éxito de la redecoración, Jota y yo nos homenajeamos con un par de pokes pedidos a un local clandestino de Móstoles. (Lo no tan bueno era que tenían un 80% de arroz y tan solo un 20% de shustancia). Ese éxito cinematográfico explica por qué, al cabo de dos semanas de dar con EL plano, entrase por mi casa una Sony ZV-E10 II (y demás parafernalia) que, además de sacarme muy guapetón… …ha convertido mi salón en el plató de Sálvame. (Sin la cocaína, claro). El subidón que me dio aquello (de nuevo: SIN cocaína de por medio), quizá también explica que me tirase ese mismo día desde las 17:00 hasta las 22:00, haciendo probaturas absurdas con la cámara. Pero lo que NO explica tanto es que acto seguido, después de cenarme un tupper del Wetaca de “Penne, pomodoro e salsiccia rossa”... …entrase en modo heroinómano y me pegase una jornada ininterrumpida de una hora de Reels. Todo para llegar a ese punto crítico en el que tu cerebro cortocircuita y te hace la “Gran Pregunta”: ¿Qué coño estoy haciendo? ¿Por qué me grita tanta gente? ¿Por qué todo el mundo parece más listo que yo? ¿Por qué me digo que “solo un Reel más” y acabo viendo al Churumbel de Málaga? Te juro que durante esa hora mi cabeza corría muy rápido en todas direcciones, disparando argumentos paralelos que no solo son paralizantes, sino que acaban incapacitándote por completo: —¿Debería crear más “marca personal”? (scroll) —Fíjate que este tío tiene un curso de 6 HORAS gratis en YouTube, una luz naranja circular reflejándose en su fondo difuminado y un micrófono RODE sobredimensionado… (scroll)... eso solo puede significar una cosa: este tío sabe de lo que habla. (scroll) —No…(scroll), espera… (scroll), lo tengo… (scroll) —¿Mejor probar los “Trial Reels” y comentar una palabra rara (scroll) para que este señor me dé su “SOP” (scroll) definitivo? (scroll) —No, no (scroll)... vale, es… (scroll)... esto otro… (scroll) —En el fondo…(scroll)..., ¿Claude…(scroll)... Code podría ser esa nueva amante que persigo? (scroll)(scroll)(scroll)(scroll)(scroll)(scroll)(scroll)(scroll)(scroll)(scroll)(scroll)(scroll)(scroll)(scroll)(scroll)(scroll)(scroll)(scroll)(scroll)(scroll)(scroll)(scroll)(scroll)(scroll)(scroll)(scroll)(scroll) —Hm*(scroll)mm(scroll)mm(scroll)*m. (scroll) ÑAAAAAAAAA → Alarma de la táctica. De ahí hice lo único que puede hacer un hombre: Irse a la cama avergonzado, mirando a los lados para comprobar que nadie le mira (¿quién iba a hacerlo estando solo en casa?), rezando para que aquella sesión me dejase el menor brain damage posible a largo plazo. Y déjame confesarte también (ahora con orgullo) que esto es algo rarísimo y que cada vez me pasa menos. Lo digo porque tengo un as en la manga que me hace tan inmune a la distracción como puede serlo un humano promedio que va a la guerra atencional desnudo frente a los tanques de Silicon Valley. Se llama Opal. Básicamente pago 99,99€ al año por hacer de mi iPhone un Nokia 3310 (suscripción que, por cierto, compré el mismo día que me rebané el dedo gordo del pie con la moto que tenía en Bali; justo antes de irme a Kuala Lumpur). (Si alguna vez me has visto sacar el móvil delante tuya sabes de qué hablo: ahora hasta disfruto ese momento en el que le estoy pidiendo el Instagram a alguien y en mi pantalla aparece “Respira durante 56 segundos”... creo que es ahí cuando la tía me mira y sale corriendo). Vale, esta es una. Tengo otra que se llama: “The Way”. Desde enero pago otros 99,99€ al año por unas lecciones Zen maravillosas. Lecciones que me han hecho meditar un promedio de 15 minutos durante los últimos 120 días. Y no, esto no es para venderte mi código de referido de ninguna app. Esto es una apuesta por cultivar algo mucho más escaso en nuestro negocio: la presencia. Estar ahí. Simplemente existir y prestar atención. Convertirte en Top of Mind porque estás presente, enfocado en ser de valor para otros, incluso cuando no tienes nada de "valor" que ofrecer más que tu propia constancia. Te cuento esto porque el jueves tuve una reunión con un entrenador personal que tiene más de 90 clientes en activo. Estábamos dándole forma a su captación evergreen y pude ver en él exactamente esta misma distracción. El síndrome del objeto brillante. Cosa que es 100% normal para el tipo de persona que acaba teniendo mucho éxito: gente con un sesgo brutal hacia la acción y con una apertura a la experiencia sobrehumana. Gente cuyo problema no es hacer “más”, sino frenarse “más”. Frenar el virus mental que induce una sesión de Reels promedio: impaciencia e incapacidad de pensar a largo plazo. (Lo has acertado… es lo mismo que me pasó a mí el miércoles: iba tan sobreexcitado con la nueva cámara y todo lo que supone, que caí de boca en las garras del algoritmo). De nuevo, este patrón lo he visto en cientos de personas de las que tengo en mi álbum de cromos como “TDAH 2.0” (Trastorno por Demasiada Atención e Hiperactividad). La misma curiosidad y sensibilidad hipertrofiadas que les llevan a emprender, pintar cuadros con arena de colores o bailar bachata en un boliche, es la que les seduce a poner un palo en la rueda de su propia estrategia (que ya les funciona) para perseguir la última táctica de moda. (Si todavía no se te ha venido nadie a la mente con esta configuración mental de la que hablo, piensa en la energía de un funcionario del SEPE un martes a las once de la mañana. Pues, lo contrario). Y aquí es donde la presencia choca de frente con el marketing de plastilina. Si vendes un servicio donde cambias la vida de la gente (entrenamiento, psicología, consultoría), sabes que para que tu "terapia" funcione, necesitas generar algo que los psicólogos llaman transferencia. Ese vínculo de confianza irracional donde el cliente se abre y compra tu visión. Pero la transferencia no se genera gritando en un Reel de 7 segundos. Se genera con tiempo. Con presencia continuada. Por eso mismo, en una de las primeras de estas nuestras cartas, te hablé de Paul Watzlawick y su libro Cambio. (La puedes releer al completo aquí: La diferencia entre invertir 5€, 50€ y 500€ al día en publicidad). Recordemos: él decía que si tienes una pesadilla, puedes correr, gritar o esconderte dentro del sueño. Pero seguirás en la pesadilla (Cambio 1). La única forma de salir de ella es… despertar (Cambio 2). Estar saltando de Reel en Reel, probando el último hook viral o buscando el enésimo "hack" en Meta Ads es correr dentro de la pesadilla. Despertar es construir un sistema que amplifique tu presencia. Un ecosistema (un universo) que ponga tu mejor cara delante de tu cliente ideal durante el tiempo suficiente para que la transferencia ocurra sola. Y de cómo se construye esa máquina exacta (con tres patas y sin vender humo) es de lo que te voy a hablar la semana que viene. Con amor y salsiccia rossa, P.D. Lo prometido: el behind the scenes de mi anuncio de 5€/día. 68€ invertidos, un baneo a mitad del experimento y un comentario inesperado de alguien con 13.979 seguidores en un anuncio lanzado desde una cuenta con 54 (+1). Te abro el Ads Manager con la cámara nueva y te enseño por qué la configuración que elegí parece un error... pero no lo es. Es un Loom de 17:36 minutos (que se convierte en menos de 12 minutos si lo ves a x1.5). Aquí tienes el enlace: Por qué elegí los emplazamientos más caros de Meta (y qué pasó). Bonus para los muy cafeteros: lo que no cuento en el vídeo son dos métricas que me dejaron pensando. Un 7,70% de la gente que vio el anuncio hizo clic en "ver más" para leer el texto completo (CTR "nativo", no saliente). Y los que llegaron a la landing lo hicieron a 1,45€ por visita. Esos números son MUY buenos. Pero de ahí a la suscripción, la cosa se cae. ¿Por qué? Porque un buen anuncio sin sistema detrás es un taburete de una pata. De eso hablamos la semana que viene. P.P.D. Si te preguntas para qué es la cámara de verdad... se vienen cositas en YouTube. Avisado quedas. |
Brandloops
Basta con que mi ansioso dedo corazón pulse la tecla más gorda del portátil para que la pantalla cobre vida propia. Basta con que pasen cuarenta y siete minutos (y unos dieciocho segundos) para que, después de pasear por el mismo parque de siempre, me reciba un monitor retroiluminado tatuando en la pared del salón la confirmación de que el trabajo ya está hecho. Es raro. Mi IA de confianza acaba de editar la primera versión del que será mi próximo vídeo de YouTube. Y lo ha hecho casi sin...
De todos los trajes que tengo, el de hereje es el que mejor me sienta. Por eso, mientras poso y saltan los flashes, me oirás decirte, para terror de ese público que vive en los tiempos del “pensamiento positivo primero”, de la obsesión por manifestar (mucho antes que por manifestarse) y de los ejercicios de visualización que parecen películas mentales de serie B, que pienses en cómo puedes destruir tu negocio o tu idea. No estás delirando: te estoy preguntando cómo podrías hacerlo PEOR. No...
Cuando las cosas se ponen jodidas, me gusta pensar en Milón de Crotona. Me lo imagino consumido por el deseo de ponerse fuerte desde bien chiquitito (ha llovido un poco desde que este señor pobló la tierra; nada más y nada menos que desde el siglo VI a.C., para ser exactos). Entiendo que el ideal atlético de los griegos guiaba tanto al cincel que trabajaba el mármol, como a la voluntad de ciertos chavales de convertirse ellos mismos en esculturas andantes. Supongo también que, como en su...